Conservación y restauración

Conservación e identificación

Muchos de estos recubrimientos se han conservado gracias al efecto aislante y protector de la membrana de magnetita. Esto es muy importante, pues se producirá una relación directa entre el comportamiento y alteración de la película de magnetita y el nivel de corrosión subyacente. Además la película evolucionará con unas características morfológicas que les son propias y que permitirán su reconocimiento mediante un examen macroscópico. Por lo demás, resulta obvio que la conservación activa de estas superficies, una vez excavadas .las piezas, pasa por su identificación y descripción.

Hoja de puñal con revestimiento de magnetita. Proceso muy activo de exfoliación de la película. Queda un sustrato metálico desnudo donde la corrosión progresa fácilmente.


Hemos visto algunas piezas bernorianas descritas como piezas bronceadas, cuando se trata de ejemplares con doble recubrimiento –bronce/magnetita- que han perdido esta última capa de manera accidental o intencionada .

Además es necesario advertir que ciertos tratamientos de limpieza estarían totalmente desaconsejados ya que pueden destruir fácilmente estas magnetitas (particularmente en los casos peor conservadas), no sólo los baños químicos o electroquímicos desincrustadores de óxidos, profusamente utilizados en décadas pasadas y no discriminadores del óxido bueno o malo. Otro tanto puede decirse de algunos desbastes a muela abrasiva, capaces de eliminar arbitrariamente protuberancias deformantes de magnetita original, que deben ser respetadas, y desde luego, en nuestra opinión, en general inadecuados como tratamiento  final o acabado de la superficie de intervención.

Por otro lado los tratamientos convertidores de óxido, como el ácido tánico, pueden camuflar y confundir la presencia de la magnetita.

Estas circunstancias harían aconsejable un estudio que intentara caracterizar macroscópica y topográficamente estos recubrimientos en función de las distintas fases y grados de evolución-alteración morfoestrutural. Creemos que de esta manera sería posible rastrear e identificar el recubrimiento incluso en piezas notablemente alteradas, como paso previo a la adopción de los tratamientos activos o preventivos de conservación y restauración.

Ángulo con DCH en un sector corroído hasta el núcleo: la magnetita aparece fisurada y tumefacta. En el sustrato el bronce, de color blanco, solo se conserva en pequeños tramos.

Conservación,restauración e investigación de hierros de procedencia arqueológica

De cara a su estudio, y como consecuencia de su naturaleza inestable, (esto es, de su marcada tendencia a transformarse morfológica, estructural y composicionalmente), el objeto de hierro se han convertido a menudo en un oscuro, precario e incómodo testimonio del pasado.


La corrosión domina el proceso y los mecanismos de transformación y deterioro del objeto metálico. Mediante los fenómenos de corrosión, el metal vuelve a mineralizarse, es decir, neutraliza la inestabilidad recibida durante su transformación energética en el taller metalúrgico. Dado su bajo potencial electroquímico, en el hierro este proceso resulta fácilmente estimulado.

Aunque en ciertas condiciones, y durante un prolongado enterramiento, la corrosión puede avanzar de manera muy lenta, lo que confiere cierta estabilidad al proceso, la transformación -alteración-, operada en el objeto enterrado, (merma mecánica, agrietamiento y fragmentación, formación de electrolitos y compuestos minerales heterogéneos, etc.), hace muy delicada su extracción arqueológica, su introducción en un nuevo sistema ambiente (cambio de HR, acceso de oxígeno, cristalización de sales, manipulaciones, etc), y por tanto su estudio y conservación. Sin un adecuado control y seguimiento, es entonces muy fácil la pérdida irreversible de contenidos de información, bien sea en las capas superficiales, o incluso, a veces, la destrucción fatal del objeto. La recuperación de piezas arqueológicas de esta entidad, debería suponer que se acepta de manera plena y explícita esta circunstancia reiteradamente constatada.

Es fácil entender, entonces, que la conservación y restauración deban ocupar una posición preferente a fin de construir una metodología apropiada de intervención. La planificación al efecto, la creación de programas de seguimiento y control, la conservación preventiva y la conservación analítica, deberían ser asumidos como tareas ineludibles en los programas de excavación e investigación arqueológica, y naturalmente, aceptados de esta manera por aquellos organismos, museos e instituciones, encargados de velar por el estudio y conservación de este tipo de piezas.

Quizá no esté de más, aunque sea brevemente, clarificar un cierto marco conceptual. En los últimos años se ha ido afianzando la recomendación ideal de que es necesario anteponer (sin contraponer) conservación frente a restauración. La propuesta es tan obvia que configura un mandato inicial, puesto que lo bien conservado no suele requerir ser restaurado. Efectivamente, el problema será determinar qué, y sobretodo hasta qué punto, es necesario restaurar.

Ahora bien, todo el mundo sabe lo que es conservar, pues su significado, mantener algo sin que se pierda o deteriore, es unívoco, y no supone modificación alguna de lo conservado. Menos claro es el concepto de deterioro, pues lo que así puede serlo para el profano, quizá sea un enriquecimiento documental y estético de la obra (ciertas pátinas, etc.).

Sin embargo, el concepto de restauración, al no manejar límites precisos, se escapa fácilmente a un entendimiento preciso, incluso entre los mismos profesionales de la conservación y gestión del patrimonio . Al margen de sus distintas acepciones, las diferencias estarán marcadas fundamentalmente por aspectos metodológicos, éticos estéticos, y sobre todo por la amplitud o profundidad de la intervención: agregación, sustracción y modificación de la materia constituyente o incorporada por la obra histórica. En cualquier caso, no es posible el sentido contrapuesto de conservación frente a restauración, -a menudo deberán ser simultáneas-, aunque aquella siempre será necesariamente prioritaria.

De esta manera, muchas investigaciones en materia de preservación de metales antiguos, se dirigen actualmente a desarrollar técnicas de conservación preventiva, donde el objetivo es modificar el medio ambiente evitando actuar sobre el objeto mismo . El interés estratégico de este planteamiento es sin duda muy alto, pues se trataría en última instancia, de preservar el contenido informativo del objeto tal cual es rescatado, y siempre a punto para cualquier estudio o reconocimiento.

No obstante, esta alternativa, que tiene buenas posibilidades de aplicación en otros metales, presenta una notable dificultad para su aplicación en buena parte de los hierros de procedencia arqueológica; fundamentalmente por la razón ya expuesta, la fuerte tendencia de este metal a reaccionar electroquímicamente, la profunda alteración que suele sufrir, y la dificultad, en consecuencia, de procurarle condiciones de estabilidad sin una intervención activa y directa sobre el mismo. Una segunda condición, derivada de la pérdida y enmascaramiento de sus contenidos de información durante su enterramiento, y de la necesidad de recuperarlos y hacer legibles para su estudio arqueológico, dificulta la aplicación de esta metodología sensu estricto.

Al hilo de este planteamiento, la intervención directa sobre el objeto será a menudo imprescindible. También deberá ser mínima, y sólo lo suficiente, o estrictamente necesaria, para hacerlo legible – restauración- y perdurable – conservación curativa . Por lo tanto, la incorporación de nuevos productos y materias, y la sustracción o modificación de los existentes y previamente acumulados (productos de corrosión y del sistema suelo, del contexto), también deberán ser las mínimas necesarias: 1. para eliminar o controlar los factores de corrosión y deterioro, 2. para aportar estabilidad mecánica, 3. para hacerlo comprensible . Conservación curativa y restauración, configuran así un nuevo marco conceptual, la conservación analítica, entendida como tal, aquella intervención activa que se dirige al hallazgo arqueológico como objeto frágil y cambiante, a fin de reconocerlo (en el sentido que le dio BRANDI, C. ), documentarlo y conservarlo para futuros estudios. La conservación analítica, debe permitir por lo tanto una aproximación polivalente que sugiera y preserve el desarrollo de nuevas lecturas e interpretaciones.

En definitiva, conservación preventiva y conservación analítica deberán constituir un marco metodológico en la investigación de hierros arqueológicos. O en otras palabras, investigación y conservación habrán de ser simultáneas.

Por otro lado, si se persigue un desciframiento profundo del objeto, -estudios composicionales y microestructurales por ejemplo-, puede requerirse la participación de técnicas analíticas más o menos complejas, dependiendo de la necesidad o ambición del proyecto de estudio. Sin embargo, para cualquiera de los posibles objetivos, junto a los distintos sistemas de análisis y reconocimiento, la intervención sobre el objeto (dirigida no sólo a estabilizar, recuperar y documentar la superficie y morfología originales, sino también las estructuras de evolución), habrá de constituir a menudo una operación fundamental. La aplicación de una adecuada metodología, y de unas técnicas instrumentales apropiadas, debe permitir delatar entonces, gran cantidad de información más o menos perdida o enmascarada: sobre su historia, tipología, estilo, técnicas constructivas y ornamentales, tecnología aplicada, y naturalmente sobre su estado de conservación.

Este rescate de contenidos de información, resulta evidente cuando se rastrea las estructuras que evolucionan en el objeto, sean superficies sedimentadas o la propia superficie original. Aquí trataremos de analizar estas estructuras como fuentes de información que permiten, a su vez, reconocer ciertos procedimientos metalúrgicos de los que son subsidiarios. Es decir, estableceremos una relación causal entre ciertas técnicas metalúrgicas de recubrimiento, y la forma en que el objeto se corroe, mineraliza y transforma. Queremos incidir con ello sobre la importancia del diagnóstico visual, cuyo potencial informativo creemos que, en general, ha sido deficientemente explorado, tanto por parte de arqueólogos como de restauradores.

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